Breve biografía de Sofío

Una de las pocas fotografías que se conservan de Sofío, realizada hacia 1926. Nuestro poeta no era muy amigo de las fotos, pues prefería los dibujos. Le regalaron una cámara Kodak y la vendió a los pocos días. Se cuenta que cuando le preguntaron por qué lo había hecho, respondió: “Con este aparato puedo captar imágenes, pero con mi lápiz retrato el sentimiento”.

Nacer un lunes es una buena forma de empezar la semana. Aunque lo cierto es que Sofío vino al mundo un jueves en medio de una familia que contaba con su padre, su madre, dos abuelas, una tía y cuatro hermanos, todos varones. El primer llanto del recién nacido sonó vigorosamente en el día de San Sebastián de 1895. Él fue el pequeño, o la pequeña, pues su madre, al igual que la supersticiosa abuela y la tía Manolita deseaban con todas sus fuerzas que este quinto bebé que engendraban fuera niña. Lo primero que hizo el pobre Sofío fue decepcionar a su madre nada más nacer y a parte de su familia. No se puede entrar en este mundo con peor pie. La resignación no era una cualidad de los Santisteban, así que Sofío Madariago Santisteban fue vestido como una niña hasta los seis primeros años y bautizado como “Sofía”. Su padre, que era carpintero, no se interpuso, pues desde el primer día le hicieron creer que la criaturita era niña. Al padre de Sofío, entre el trabajo y el vino, no le quedaban fuerzas para dedicarse a la familia (y mucho menos para darle el baño a su retoño). La naturaleza es sabia, y por mucho vestido rosa que le pusieran, a nuestro héroe lo que gustaba era jugar a ser soldado, dar patadas a una pelota y tirarle el pelo a las compañeras del colegio. Una semana duró en la escuela para jovencitas de las monjas salesianas antes de ser deshonrosamente expulsado. Al final, el padre de Sofío descubrió casualmente, cuando lo bañaban, que esa niñita adornada con lindos vestidos  rosas en realidad tenía pene (y muy bien dotado, ciertamente). En menos de una docena de años Sofía se afeitaría la cara y tendría voz ronca. El padre tomó cartas en el asunto, pero no lo hizo quizás de forma muy acertada. Trastornado e irritado con su esposa, decidió repudiar a Sofío y una noche lo entregó a un matrimonio de mediana edad, que no había tenido hijos, para que lo criaran. La familia Madariago-Santisteban ya era demasiado numerosa y no había sitio para Sofío.

A Sofío le gustaba hacer dibujos no solo del presente, sino también rememorar con ellos tiempos pasados. Cuando ya era adulto, realizó este dibujo que representa a su familia biológica. Están sus cuatro hermanos, sus padres, su abuela y su tía Manolita. Sofío es la pequeña que sostiene la abuela en su regazo.

Don Laureano y doña Eugenesia del Socorro, que así se llamaban sus nuevos padres, lo criaron en el relativo lujo de una familia burguesa, de acuerdo con la naturaleza de su sexo. Tuvo más comodidades, una buena educación, sirvientes, ropa, comida… Solo le faltó algo mucho más importante: el afecto. Don Laureano había sido militar y tenía un concepto muy castrense de cómo debía criarlo. Doña Eugenesia del Socorro era muy, muy, muy religiosa. Insoportablemente religiosa. Mortificadamente religiosa. En la asfixia de su niñez, Sofío anheló con tristeza tiempos mejores. Aunque no deben creer ustedes que la relación con sus padres adoptivos era completamente gris. El rígido, estricto, estoico y austero Laureano le contaba por las noches muchas historias al niño Sofío. Historias que nuestro héroe recordó durante toda su existencia y que lo marcaron de por vida. Una de esas historias favoritas de Sofío (y que más influyó en su personalidad) fue “El cuento de la ardilla y la mierda”. De todos modos, en estos momentos nuestro objeto no es entrar en los detalles de estas fábulas, aunque nos referiremos a ellas más adelante en algún momento en este blog. Todo llegará.

Doña Eugenesia del Socorro y don Laureano, los padres adoptivos de Sofío. Dibujo realizado por nuestro poeta en 1906, uno de los más antiguos que de él se conservan.

Criarse sin amor es como ser una lechuga que ha crecido en un invernadero: nunca has sentido el cálido sol en tu corazón. Sofío fue esa lechuga insípida en muchos aspectos de su existencia durante años y años. Sus sueños infantiles no eran felices, sino todo lo contrario. La habitación donde dormía era un sitio terrible donde se veía atrapado noche tras noche. Temblando de frío, de pavor, mojado en sudor y en sus propios orines, no le preocupaban tanto los palos que recibiría al día siguiente por mojar la cama, como las crueles historias que viviría en la noche. Cerraba los ojos y se abrían las puertas al horror. Durante años, desde su adopción a los seis hasta su pronta adolescencia, hubo una pesadilla que se repitió una y otra vez, casi idéntica. Ni se le ocurrió pensar que tuviera algún significado, solo sabía que le aterraba. El sueño consistía en que él era un inocente borriquillo encerrado, en la penumbra. Si la noche era dura, sus días no eran mejores.

Autorretrato de un joven Sofío en la academia militar.

Sofío fue enviado por sus padres adoptivos a estudiar a un colegio militar, pero pronto descubrió lo bien que se sentía con un lápiz y una libreta, solo, debajo de la agradable sombra de un olivo, haciendo sencillos dibujos o escribiendo lo que se le pasara por la cabeza.

En 1914, Eva, su novia desde los 16 años y el único auténtico amor de su vida, murió víctima de tuberculosis. Sofío cayó en una profunda tristeza, que solo consiguió superar escribiendo y viviendo la vida, a cada instante, con toda intensidad. Aunque en la vida de Sofío hubo posteriormente una retahíla interminable de mujeres y dos esposas, nunca hubo ninguna otra a la que amase tanto como a Eva. Fue el primer amor de su vida, y quizás el único verdadero.

Eva, el primer amor de Sofío, retratada por éste en 1910.

En 1917 escribió su primer libro de poemas, “Campos en una mano”. Esta obra, como todas las demás, permaneció inédita hasta nuestros días. Compaginó su afición por la escritura y el dibujo con diversos oficios.

En 1926 se casó con Isabel Pamiés López, dos años mayor que él. La apreciaba y se sintió atraído físicamente por ella. Los recién casados aprovecharon su luna de miel para visitar Mallorca, ese mismo año, durante el mes de abril. En los doce días que duró su estancia, Madariago escribió todo un libro de poemas, titulado “Cartas desde Mallorca”.

Isabel Pamiés, primera esposa de Sofío, retratada por él mismo, en 1933.

Diez años después, en 1936, estalló la Guerra Civil. Al poco tiempo, Sofío debe huir. Un incidente muy extraño y polémico (aun hoy en día no está del todo esclarecido) le convirtió en el foco de las acusaciones de los dos bandos en conflicto. De una parte, los republicanos lo acusaron de fascista; de otra, los fascistas lo acusaron de traidor. A este incidente nos referiremos más adelante algún día en este blog. Sofío se exilió a Argelia, juntamente con su esposa y sus dos hijos, a la ciudad de  al Arbaa Tas, donde vivió el resto de su vida. De todas formas, aunque su cabeza tenía precio, entró de incógnito diversas veces en España y se dejó ver, bajo identidad falsa (haciéndose pasar por un comerciante de llaveros portugués), principalmente en Almería, en Madrid y en Menorca. En una de sus visitas a España, fue reconocido en Almería y, tras una accidentada odisea, consiguió escapar hasta Argelia. Aún así, nuestro héroe tuvo posteriormente tres entradas clandestinas más en España.

En 1944 escribió  “Borriquillo en penumbra”, sin duda una de las mejores obras (si no la mejor) de este poeta.

Zacarías, el alegre borriquillo, dibujado por Sofío en 1944.

A mediados de los años 40, la primera mujer de Sofío, harta de sus infidelidades y de ver como su esposo pasaba más tiempo con su borriquillo Zacarías que con ella misma, le abandonó y se llevó con ella a sus tres hijos (el tercero había nacido en Argelia). En las entradas clandestinas que efectuó en España, logró reunirse brevemente con Isabel y sus hijos. Además, también mantuvo una extensa correspondencia con todos ellos. Incluso les hacía llegar cada navidad y en los aniversarios respectivos, curiosos regalos, como por ejemplo un dromedario. Sofío entró en una etapa de su vida muy creativa y se centró aun más en su trabajo, en la poesía, el dibujo y como no, en sus amoríos. Como él solía decir: “Mis oficios me llenan el estómago; tus jugos íntimos calman mi sed y la poesía me mantiene vivo”.

Al cabo de un tiempo de haber sentado la cabeza, conoció a la francesa Pauline Bricoult (o “Pablita”, como solía llamarla él cariñosamente), de la que se enamoró. Seis meses después se casaron (aunque Sofío nunca consiguió el divorcio de Isabel, por lo que esta nueva boda, civil, lo convertiría en polígamo). Pauline era una mujer muy avanzada a su época y muy liberal en el terreno amoroso. Ella le consintió a Sofío que volviera a las andadas con las infidelidades, pero con la condición que Pauline también podía ir de flor en flor. Sofío estaba encantado con esta libertad mutua y experimentó de la mano de su nueva esposa una vida sexual sin barreras, incluso llegando a practicar asiduamente sexo en grupo.  Pero el destino, trágico una vez más, hizo que su dicha durara poco. Pauline murió al segundo año de matrimonio en unas circunstancias terribles y muy misteriosas. A las pocas semanas de tan dramática pérdida, murió también  su hijo legítimo menor, el pequeño Mustaphá José, nacido en Argelia, a consecuencia de una extraña enfermedad parecida al moquillo que, presuntamente, le habría contagiado el dromedario regalado por Sofío. Corría el año 1948. Cansado y abatido, Sofío, que ya contaba con más de cincuenta años, decidió que debía vivir más intensamente aun su vida, quizás para superar tan duras pérdidas. No le temía a la muerte y se metió en toda clase de aventuras, algunas de ellas muy arriesgadas, más bien suicidas. Escribió, mientras tanto, su primera novela titulada “Coincidencia indecente en mi almohada” y casi a continuación otras dos llamadas “Tratado de masturbación alquímica” y “Lubricado con saliva del diablo”.

Pauline Bricoult, segunda esposa de Sofío, retratada por éste en 1947.

Casi a final de la década de los cuarenta su salud empeoró: en 1949 le diagnosticaron diabetes; en enero de 1950 se le amputó un pie por culpa de la gangrena y en verano de ese mismo año perdió la vista de un ojo a causa de una reyerta con un esposo engañado; en 1951 una infección intestinal lo puso al borde de la muerte, pero sobrevivió. Sofío fue consciente entonces que su tiempo empezaba a terminarse. La alegría por haber tenido la suerte de nacer y la melancolía por lo fugaz que es la vida se entremezclaron en su interior. Y eso se transmite muy claramente en su obra poética de aquella época.

Autorretrato realizado por Sofío pocos meses antes de su muerte

En verano de 1952, sintiéndose cada vez más débil (seguramente a causa de la diabetes y de lo mal recuperado que había quedado de la infección intestinal de hacía menos de un año), decidió escribir su autobiografía “Yo, Sofío”, un libro que, por expreso deseo de su autor, permanece inédito hasta nuestros días.

En febrero de 1953 Sofío murió enfermo de sífilis, o mejor dicho, enfermo terminal de sífilis y sufriendo horriblemente, decidió acabar con su agonía. Una mañana soleada, llenó su anticuada bañera con cubitos de hielo y vino, se desnudó, se puso su boina y se metió hasta el cuello en la bañera. Al poco rato, falleció de hipotermia con una sonrisa y su vieja pipa en la boca. Contaba con 58 años recién cumplidos y unas inmensas ganas de vivir. En su nota de despedida escribió:

Dibujo realizado por Sofío en 1947, donde están representados Mohamed, su fiel mayordomo, y Ulises, el dromedario que regaló a su hijo pequeño, Mustaphá José.

“Cuando me encontréis estaré galopando en otros montes, junto a mi borriquillo, contemplando el alegre paisaje agreste y terroso, entre los olivos. Elegí como vivir, elijo como marcharme. Estos últimos instantes pensaré en vosotros, en todo lo bueno que pasamos y como nos ayudamos mutuamente a superar las heridas de la vida. No estéis tristes, no perdáis el tiempo en llantos ni añoranzas. El ayer se marchitó, hoy ya floreció y mañana está muy verde. Os dejo mi obra y mis objetos personales. Es mi deseo que no se publique nada de mi obra poética hasta que hayan pasado tantos años como yo viví, esto es 58. Por lo tanto, hasta el año 2011 no quiero que ninguna de mis poesías (y mis dibujos) vean la luz. Sé que las custodiaréis con esmero mientras tanto. Por lo que respecta a mi biografía, “Yo, Sofío”, quisiera que no fuera publicada hasta, al menos, dentro de 60 años, es decir en el año 2013 como muy pronto, y lo mismo por lo que respecta a mis tres novelas. Si el Mundo existe aún en esos días, será muy distinto a lo que yo conocí, pero quisiera que mis palabras sobre el amor, la amistad, la felicidad, la diversión, la curiosidad, la razón y la inocencia sigan teniendo sentido. Por último, en lo referente a mis bienes, mi voluntad es que el escaso dinero que tengo ahorrado sea repartido a partes iguales entre todos mis hijos, tanto los legítimos y los ilegítimos. En cuanto a los pocos muebles que poseo, haced con ellos como os plazca, excepto con mi mesa de escritorio, mi tintero y mi pluma estilográfica. Quisiera que fueran entregados a mi fiel servidor, el viejo Mohamed. Sé que a él le hará mucha ilusión conservar estos bienes y que hará un buen uso de ellos cuando aprenda a escribir. Y en referencia a mi boina, mi pipa y mi bastón, desearía que me acompañen a mi última morada. Os suplico ser enterrado junto a mi borriquillo Zacarías, en el lugar escondido que solo conoce Mohamed. Por último, os imploro el perdón por todo el daño y agravios que alguna vez os provoqué. Creed que os he querido y que mis intenciones para con vosotros siempre han sido sinceras, aunque alguna vez este viejo cascarrabias haya cometido tantos errores, que hoy pago con este final. Ya sabéis que soy ateo y que no creo ni en cielos ni infiernos (ni mucho menos en las castradoras e irracionales advertencias de curas repitesalmos cortos de miras), pero albergo la esperanza de que, de alguna forma, en la inmensidad del espacio y del tiempo queden por siempre grabadas nuestras insignificantes y fugaces vidas. Si no es así, tampoco me importuna, siempre que mi recuerdo perdure en vuestros corazones.

Sofío, el alegre borriquillo.”

A su funeral asistieron unos pocos amigos íntimos, dos amantes, su hija ilegítima Mariona Madariago y un pastor anciano, Mohamed, con sus cabras. Fue enterrado en un lugar secreto en el desierto de Argelia. En ese mismo rincón reposaba también su borriquillo preferido, Zacarías. Juntos, sus restos descansan allí para siempre.

2 pensamientos en “Breve biografía de Sofío

  1. Por fin!!! esperaba con ansias insanas la publicación de la breve biografia de este ilustre poeta por desgracia olvidado, Sofio ha vuelto! y pisando fuerte tal y como vivió, una vida en la que la tragedia y la felicidad mantenian un duelo encarnizado, de la que se erige triunfal y gloriosamente el poeta y dibujante, el gran genio creador de un gran hombre. La biografia muestra apuntes de su vida obra y sentido del humor que espero que se vayan completando en este blog.
    Tengo que mencionar que los dibujos muestran los sentimientos que le inspiraban cada una de la personas y animales, así a Eva la dibuja risueña y a punto de comerse el mundo, a Zacarias hermoso y tierno, libre. Las familias biológica y adoptiva, de pandereta la primera y rígida (quizás deberia decir frígida) la segunda. La esposa francesa una realidad erótica (por cierto se parece a un actriz de nuestros dias). No me quiero extender más , pero quiero acabar mi comenario mencionando al dromedario Ulises, que se rie de todo, de todos y de todas, así termino yo, con una gran sonrisa de satisfacción. Volveré.

  2. Amiga de las nieves:

    Es un gran placer contar con tu apoyo en estos momentos en los cuales la obra de Sofío empieza a ser difundida. Hay mucho por contar y mucho material inédito que publicar. El incansable Sofío nos dejó cajas y cajas llenas de textos y dibujos. Después de años y años de estar a la sombra del olvido, a partir de ahora empiezan a ver la luz.

    Esperamos volverte a ver muy pronto en este humilde blog. Gracias y hasta pronto. ¡Un abrazo desde Almería!

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